La conquista de Canarias en la ficción histórica televisiva: los casos de "Isabel" y "Conquistadores Adventum"

Idealización de un indígena canario según el litógrafo A. de Saint-Aulaire, creada para ilustrar el primer tomo de la Histoire Naturelle des Iles Canaries, publicada en 1842 por el botánico Philip Barker-Webb y el etnólogo Sabin Berthelot (fuente: Archive.org).

La historia antigua de las Islas Canarias y, especialmente por mejor documentado, el periodo que comprende la conquista europea del Archipiélago han tenido escaso tratamiento tanto en el género de la novela histórica como en la cinematografía, y casi invariablemente de la mano de autores locales o de foráneos que han mantenido algún tipo de relación con el Archipiélago, sea de corte residencial, sentimental o familiar.

Es sencillo intuir los motivos de esta carencia, más allá del simple desconocimiento general. Por un lado, el mayor prestigio que se le otorga a otros eventos diacrónicamente coincidentes: las últimas etapas de la Guerra de Granada, la arribada colombina a América y las subsiguientes campañas de invasión de los territorios descubiertos. Por otra parte, es manifiesto que la conquista de Canarias rara vez ha sido percibida por los poderes públicos como un proceso histórico fácil de gestionar, sobre todo en cuanto a su integración en el sistema educativo de las Islas, debido a la sensible carga política y sociocultural que conlleva.

Consecuencia de esto es que, a diferencia de la relativa normalidad que preside los debates y disertaciones sobre la conquista de América y su inserción en los planes de educación reglada, los contenidos divulgativos y formativos que se imparten desde la enseñanza primaria sobre el fenómeno colonial en Canarias son, a lo sumo, anecdóticos en cuanto a cantidad y calidad, apreciándose descontextualizados, cuando no directamente desvinculados, de procesos históricos coetáneos cuya pedagogía se considera relevante, como la historia, la sociedad y la economía de los reinos hispánicos cristianos y musulmanes, la Reconquista, o la sobredicha Guerra de Granada. Contrasta esta escasez con la rica y extensa producción científica dedicada a esta materia desde hace más de una centuria, en la que destacan, paradójicamente, las firmas de reputados americanistas y medievalistas como los profesores Antonio Rumeu de Armas, Francisco Morales Padrón, Miguel Ángel Ladero Quesada o Eduardo Aznar Vallejo.

Recientemente estamos experimentando un repunte esperanzador en el número de producciones literarias que ponen en escena el drama histórico de la colisión entre los antiguos canarios y los europeos, pero siempre desde los no poco encomiables esfuerzos individuales frente a los argumentos imperantes: véanse los casos de las novelas Guanches. Tiempos de guerra, del tinerfeño Pepe Tejero,  El último rey de Tenerife, del barcelonés Pedro L. Yúfera, o la trilogía Sangre, del grancanario Carlos González Sosa.

En estas bregas, si cabe, el terreno audiovisual es bastante más desértico desde que aquella pseudohistórica coproducción hispano-italiana del año 1954 titulada Tirma presentase a los antiguos canarios, Silvana Pampanini a la cabeza, a guisa de jinetes amerindios de arco y flecha, pero a la que al menos le cabe el mérito de una épica puesta en escena sin sucesión hasta la fecha.

En la actualidad, en producciones de este género, destaca prácticamente en solitario el director Armando Ravelo con sus cortometrajes Ansite Mahademás de sus producciones teatrales Ancestro y La Tribu de las 7 Islas, esta última orientada al público familiar y estrenada también en formato cinematográfico.

En esta ocasión, queremos repasar el escueto tratamiento de la conquista de Canarias desde la perspectiva de dos series de ficción histórica, un género que gozó de cierta eminencia en los años 70 y 80 del pasado siglo, en el que recordamos clásicos como Marco Polo, Richelieu, Mazarino o Yo, Claudio, revitalizado en la última docena de años gracias a superproducciones como Roma, Los Tudor y Vikingos. Series que, contando con el reclamo de elencos atractivos para el gran público aunados a una cuidada ambientación escénica, acercan los entresijos de ciertos episodios de la historia a los telespectadores, eso sí, con las consabidas licencias narrativas que permiten, por un lado, mantener la tensión dramática, casi siempre centrada en las relaciones interpersonales de los protagonistas antes que en los acontecimientos de los que son testigo o parte, y, por otro, en no intelectualizar excesivamente las tramas. El problema de estas laxitudes –escollo extensible al ámbito literario– es que no siempre resultan aceptables desde un criterio historiográfico mínimamente riguroso y, más grave aún, suelen inducir en el público una visión distorsionada de eventos que tuvieron lugar en un contexto político, social, económico y cultural completamente ajeno a nuestra época.

En general, productores, directores y guionistas tratan de amortiguar el impacto de las críticas a este respecto reivindicando la rigurosidad histórica de sus obras mediante la documentación del proceso de filmación de la serie e invocando la autoridad de asesores expertos que colaboran en la preparación de los guiones, ofreciendo luego el resultado en forma de documentales tipo cómo se rodó que suceden a la emisión de cada capítulo o como añadido a las ediciones en soporte físico del producto principal, sin olvidar los contenidos ofertados en formato web.

Como decimos, veamos los casos de dos series televisivas cuyo escenario histórico coincide, al menos en parte, con el de la conquista castellana de Canarias: Isabel y Conquistadores Adventum.

La serie Isabel y el virreinato de Canarias

Siguiendo los criterios escenográficos y estéticos propuestos en Los Tudor, aunque bajo un planteamiento algo menos centrado en el lucimiento físico de los protagonistas, la serie Isabel es una biografía dramatizada de la reina Isabel I de Castilla, desde su papel como infanta casadera inmersa en la lucha de poderes protagonizada por su hermanastro, el rey Enrique IV, la alta nobleza castellana y Afonso V de Portugal, hasta su muerte en el año 1504.

Aunque la pugna entre Castilla y Portugal por la posesión de las Islas Canarias, un litigio que los Reyes Católicos heredaron de sus antecesores Enrique III, Juan II y Enrique IV hasta su resolución en 1479 mediante la firma del Tratado de Alcáçovas-Toledo, resulta clave a la hora de explicar los entresijos políticos, económicos y estratégicos de la expansión atlántica que persiguieron ambas coronas hasta llegar al hito americano, la serie ignora completamente este longevo proceso histórico y, particularmente, todo lo relativo a la conquista realenga de Gran Canaria, La Palma y Tenerife, campaña esta última que abarcó dieciocho años de los propuestos en la trama narrativa, de 1478 a 1496.

Con todo, en Isabel no se menciona más que una sola vez al Archipiélago, y únicamente para poner punto y final a una de las subtramas de la segunda temporada: el romance entre doña Beatriz de Bobadilla –llamada Beatriz de Osorio en la serie para que los espectadores no la confundan con su tía homónima, la marquesa de Moya[1]La villa conquense, no la grancanaria., consejera e íntima amiga de la reina castellana– y el rey Fernando el Católico. En una breve escena, tras discutir con el Rey –hora 1:05:17 del vídeo que sigue–, la Reina comunica a la díscola dama su decisión de casarla inmediatamente con un noble de la más alta alcurnia: Hernán Peraza, virrey de las Canarias, a quien no le quedará otra que acompañar a las Islas, desapareciendo definitivamente de la serie.

La distorsión histórica es manifiesta: las Islas Canarias nunca conformaron un virreinato, forma de gobierno que se implantó por primera vez cincuenta años más tarde y solo en las colonias americanas. La confusión se agrava cuando leemos en el epígrafe que acompaña a la escena en cuestión que Peraza era gobernador de Canarias, cargo que tampoco existió, y estaba acusado de asesinato, delito que ninguno de los personajes llega a mencionar. Pero, efectivamente, Peraza había acudido a la Corte para responder a las acusaciones de haber instigado la muerte del capitán Juan Rejón, primer líder militar de la conquista realenga de Gran Canaria. Y, contra todo pronóstico, el aristócrata sevillano resultó exculpado del homicidio, a condición de contraer matrimonio con Bobadilla y servir en la Guerra de Canaria al frente de un destacamento de gomeros.

Sin ser suficientemente clarificadora, la mejor aproximación a los testimonios históricos la aporta la ficha de presentación del personaje de Beatriz de Osorio al señalar que:

Durante su estancia en la corte, se le atribuyó un amorío con el rey FernandoPor eso se cree que Isabel la hizo casar con Hernán Peraza, señor de la Gomera, y la envío a las Islas Afortunadas, alejándola así de Castilla y de su marido. De ese matrimonio, nacieron dos hijos: Guillén Peraza, primer conde de La Gomera, e Inés de Herrera.

Hernán Peraza, su marido, murió en La Gomera en 1488, asesinado por sus enemigos, que le odiaban por su carácter violento y dictatorial. Fue entonces cuando Beatriz asumió el gobierno de dicha isla en nombre de su hija (?) y trama una cruel venganza contra los asesinos.

Así, para mayor confusión de los espectadores y visitantes de la página oficial de la serie, Fernán Peraza transita por unos inexistentes virreinato y gobernación hasta llegar a ser tan solo señor de La Gomera, que es realmente el título que ostentó, como también lo es el de conde de La Gomera, correctamente asignado a su hijo Guillén, a quien, por cierto, no debemos confundir con su tío abuelo, muerto durante el fracasado intento de conquista de La Palma entre 1447-1448. Tras reducir la medida tomada por la reina Isabel a producto de un ataque de celos, aunque esta vez, al menos, en consonancia con las fuentes etnohistóricas, los hechos históricos resultan nuevamente descontextualizados y hasta minorados, en primer lugar, al responsabilizar de la muerte de Fernán Peraza a unos imprecisos enemigos y, en segundo, al limitar la respuesta de Bobadilla a una cruel venganza contra estos.

Nada se dice acerca de que la intervención de la familia Herrera-Peraza, en colaboración con Portugal y los antiguos grancanarios, pudo haber dado al traste con la conquista castellana de Gran Canaria y, por tanto, de no fracasar el plan in extremis, los términos pactados en los Tratados de Alcáçovas-Toledo y Tordesillas habrían sido muy diferentes, desembocando, con toda probabilidad, en una aventura americana radicalmente distinta de la que conocemos.

Tampoco se plantea que, al margen de intereses más íntimos, la intención de la monarca al enviar a su dama de cámara a un matrimonio y a un exilio forzosos es plausible que fuese introducir una fuente de discordia en el pequeño pero diplomáticamente molesto reino de doña Inés Peraza, antes que desembarazarse de una de las diversas amantes que, es sabido, tuvo el rey Fernando. Nada acerca de que la muerte de Fernán Peraza fue el inicio de un levantamiento en toda regla de la población indígena gomera contra el señorío castellano, y no desenlace de la inquina de unos nebulosos enemigos personales. Y nada sobre que la cruel venganza de Beatriz de Bobadilla fue la comisión extraoficial de la represalia ordenada por la propia Corona al capitán Pedro de Vera, entre cuyas dramáticas consecuencias hay que contar la ejecución en masa de gran parte de la población gomera y la entrega a la esclavitud de muchos de los supervivientes, acción esta última que los Reyes Católicos tuvieron que enmendar a través de un largo y complicado proceso que hemos descrito a grandes rasgos en el artículo que precede a este.

Es de justicia señalar que no somos los primeros en hacer una reseña de la escena en cuestión, pues ya el Dr. Enrique Gomáriz Moraga escribió en 2013 una crítica al respecto, titulada Falsear la historia: el caso de Beatriz de Osorio, aunque dedicada a valorar la rigurosidad de la serie en sí, antes que los hechos históricos particulares.

La primera de las colonias

(Sección enmendada: nuestro agradecimiento a Ángel Amador por sus oportunas observaciones sobre la fundación de San Marcial del Rubicón)

Conquistadores Adventum, a diferencia de Isabel, se aparta de los preceptos meramente estéticos para aproximarse al esquema documental, y es en este aspecto en el que la serie se desmarca de otras similares, incluso de las producidas en lengua no hispana. Así, libres los guionistas de la componente culebrónica que lastra otras series de ficción histórica, resulta patente que aquellos concentraron su esfuerzo narrativo en contextualizar sus personajes en el espacio social y cultural de la época.

Pero, como es de esperar, esta producción también excluye a Canarias de su discurso acerca de los individuos que protagonizaron las campañas ultramarinas de conquista emprendidas por la Corona de Castilla, pues la intención de la misma no es otra que ofrecer, según la sinopsis, ocho episodios cargados de datos sobre los primeros 30 años del descubrimiento y la conquista de América.

Consecuentemente, bajo esta premisa, la serie excluye los más de noventa años que invirtió el trono de los Trastámara en anexionar por completo el Archipiélago a sus dominios y, por ende, quedan silenciados los rotundos precedentes de Jehan de Béthencourt, Gadifer de la Salle, Fernán Peraza (el abuelo y su nieto), Diego García de Herrera, Juan Rejón, Pedro de Vera y Alonso Fernández de Lugo, entre otros. Incluso resulta acorde con esta lógica que en el primer episodio se omita la recalada de Cristóbal Colón en Canarias durante su primer viaje, pues poco podría aportar la misma al hilo argumental.

Lo que sí resulta discordante, desde el pretendido rigor histórico de la serie, es la afirmación que hace, en el minuto 44 del primer capítulo, el narrador de la trama, un anónimo miembro de la tripulación que acompaña a Colón en su primer viaje transoceánico, tras la escena en la que el capitán genovés decide regresar a Castilla después de improvisar la construcción del primer asentamiento hispano en América, conocido como Fuerte Natividad, con los restos de la nao Santa María. En particular, el desconocido aventurero sentencia que él y sus compañeros son los primeros colonos de la primera de las colonias.

Puesto que la intención de los guionistas es narrar los primeros avatares de la conquista de América, el sentido de la frase no se le puede escapar a ninguna persona conocedora de los inicios de la Edad Moderna en Castilla. Pero como la producción pretende llegar a un público que mayoritariamente ignora ciertos detalles historiográficos, debemos concluir que esta línea de monólogo traspasa el límite de lo meramente ambiguo hasta falsear los hechos históricos.

Porque, desde luego, el Fuerte Natividad fue la primera de las colonias castellanas en América. Pero la primera colonia atlántica ultramarina de la Corona de Castilla fue San Marcial del Rubicón, en Lanzarote, pues aunque el hito de su fundación le corresponde a la expedición franconormanda comandada por Jehan IV de Béthencourt y Gadifer de la Salle en 1402, el vasallaje del primero al rey Enrique III como señor de las islas de Canaria y el definitivo sometimiento del nuevo señorío al derecho castellano en 1422 (Fuero de Niebla-Toledo y las siete Partidas) apuntan al papel promotor del reino hispano en la iniciativa. Además, San Marcial del Rubicón fue la primera colonia atlántica de ultramar en recibir el título de ciudad, y su iglesia, el de catedral, mediante bula papal de 1404, es decir, ochenta y ocho años antes que la fundación de la primera colonia americana, que no pasó de ser más que un campamento temporal, abandonado poco después.

Esto aún sin contar las diversas fortificaciones castellanas construidas en Canarias, muchos años anteriores a la aventura colombina: las torres de Gando (Gran Canaria), Añazo (Tenerife) y San Sebastián (La Gomera), siendo esta última la fortaleza europea medieval más meridional de las que se conservan actualmente; además de los desaparecidos fuertes de Valtarhais y Riche-Roche (Fuerteventura), anteriores a las citadas.

Más aún, antes del primer viaje de Colón a América, y aparte de las numerosas poblaciones menores arrebatadas a los antiguos canarios, ya existían en las Islas Canarias varias ciudades y villas coloniales, alguna de nueva fundación: Santa María de Betancuria (Fuerteventura), la Gran Aldea (hoy Teguise, en Lanzarote), San Sebastián (La Gomera) y, entre otras, en 1478, el Real de Las Palmas (actual ciudad de Las Palmas de Gran Canaria), primera colonia atlántica ultramarina de fundación realenga.

Visibilizar la propia historia

Que las Islas Canarias han sido elegidas como plató para el rodaje de numerosas producciones cinematográficas internacionales al menos desde la década de 1950, no es asunto desconocido; pero en tiempos recientes, el número de filmaciones de medio y alto presupuesto que integran los paisajes y núcleos poblacionales del Archipiélago en sus escenas se ha elevado sensiblemente. Con todo, lo que se pretende de forma absolutamente mayoritaria en estos casos es simular escenarios reales o inventados, situados en otras coordenadas, y así las Canarias han llegado a interpretar en la gran pantalla desde el centro de la Tierra hasta el espacio exterior, pasando por buena parte de la biosfera: Atenas, Beirut, Casablanca, el Mar Rojo, Filipinas, Guinea, Fernando Poo, el Pacífico sur y África oriental, entre otras. Lamentablemente, pocas veces las Islas Canarias se han encarnado en sí mismas y dado visibilidad a su propia historia.

A este respecto, afín a la cuestión que abordamos en este artículo, no deja de tener su punto de ironía que la película Orouna de las últimas ficciones inspiradas en eventos de la conquista de América, haya sido rodada en los montes de Anaga (Tenerife), y donde los mixtificados ojos del espectador verán junglas amazónicas, la memoria de la historia nos dirá que esas mismas selvas y veredas son las que antaño defendieron los guanches contra los invasores enviados por la Corona de Castilla.

Antonio M. López Alonso

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