El Gánigo de Guadajume (1/2): ¿un pacto de colactación en La Gomera?

Estatua idealizada de Pedro Hautacuperche sita en Valle Gran Rey, La Gomera, obra del escultor Luis Arencibia. Sostiene en su diestra el Gánigo de Guadajume, ya roto, y en la izquierda el arma con la que mató a Fernán Peraza el Joven, dando inicio a la rebelión gomera de 1488 (fuente: Erik Baas / Wikimedia Commons).

Al pueblo gomero, valiente y hermoso, con cariño y respeto.

Noviembre de 1488. Un hombre vestido de mujer cae asesinado en las cercanías de una cueva. Momentos después, en alas de un ancestral lenguaje silbado, el eco de los profundos barrancos de La Gomera portan una consigna: «ya se quebró el Gánigo de Guadajume».

La víctima era Fernán Peraza el Joven, señor castellano de la Isla e hijo favorito de Doña Inés Peraza, quien pocos meses antes había constituído en el segundo de sus vástagos varones el mayorazgo del Señorío de las islas de Canaria, extinto de facto desde hacía más de un decenio. El verdugo, Pedro Hautacuperche, pastor que apacentaba su rebaño en el Plan de Asisel, frente a la imponente mole del roque Agando.

Es tradición entre los naturales de La Gomera sentenciar que la suya fue la única de las Islas Canarias que nunca fue conquistada por los europeos. Pero lo cierto es que la muerte del mandatario castellano recibió como respuesta una de las más cruentas represalias llevadas a término sobre el Archipiélago.

Antecedentes

No obstante, esta creencia popular tiene cierto fundamento histórico, pues no hay constancia fehaciente de que los indígenas gomeros fuesen sojuzgados al completo por fuerzas europeas hasta dicha represión. Aunque algunos autores tardíos señalan que Jehan de Béthencourt había conquistado La Gomera, no existe prueba documental ni circunstancial de ello, e incluso la propia crónica Le Canarien silencia este supuesto logro del noble normando.

Lo que sí está suficientemente constatado es la buena relación que existió, desde al menos la década de 1440, entre los antiguos gomeros y el Reino de Portugal. Según el cronista luso Gomes Eanes de Zurara en el capítulo LXVIII de su Chronica do descobrimento e conquista da Guinée –traducción libre–:

Allí llegaron luego dos capitanes de aquella isla [La Gomera], diciendo cómo eran servidores del infante Dom Henrique, y no sin gran razón, pues ya habían estado en casa del Rey de Castilla y del Rey de Portugal, y que nunca en alguna de ellas hallaron las mercedes que después hubieron del infante Dom Henrique; […] Bruço, tenía por nombre uno de estos capitanes, y el otro Piste, los cuales juntamente responderion que les placía de trabajar sobre cualquier cosa que servicio fuese del señor Infante Dom Henrique[…]

Esta predisposición hacia el príncipe portugués menoscabó el éxito de la conquista llevada a término en el trienio 1445-1447 por Fernán Peraza el Viejo, III señor de las islas de Canaria y abuelo materno de la víctima, quien tuvo que conformarse con la erección de una fortaleza –quizás la actual Torre del Conde– y la adhesión de solo uno de los jefes tribales, según declaró en la Pesquisa de Cabitos uno de los testigos más destacados e informados, el escribano de cámara Juan Íñiguez de Atabe:

[…] oyó desir quel dicho Ferrand Peraça [el Viejo …] conquistó a la ysla de la Gomera […] e fiso en ella una torre, e porque él mostraua más fauor a un capitán de los canarios della, por que él fue el primero que vino a su obediençia, que otros capitanes de la dicha ysla se le rebellaron e se alçaron por el Ynfante Don Enrrique de Portogal, […]

La debilidad del Señorío de las islas de Canaria, minorado por sus propias limitaciones materiales, y el interés lusitano en la Isla fueron factores que los indígenas supieron utilizar determinantemente en su provecho, de tal forma que la colonización castellana y la evangelización tuvieron escaso impacto en su modo de vida. Así, ante Pérez de Cabitos, el testigo Juan Ruiz de Zumeta:

[…] sabe que la ysla de La Gomera desde el tienpo de Ferrand Peraça [el Viejo] está a obediençia del señorío […] quanto a los derechos, pero quanto a la fe que biuen como bien les viene e non los han a algunos de ellos por verdaderos christianos.

Declaración que también suscriben los testigos Fernán Guerra y Juan Bernal. Pero sin duda el testimonio más explícito lo aporta en 1492 la viuda de Peraza, Beatriz de Bobadilla, ante el Consejo Real:

[…] los dichos gomeros no heran ni fueron christianos, e puesto que nombre tuviesen ninguna obra de christiano hasyan, e non curando de se baptizar, llamándose nombres gentilinos, viviendo desnudos, e teniendo ocho o diez mugeres, non consyntiendo entre sy christianos, antes tomándolos e fasyéndolos otras muchas superstiçiones a todas sus christianas; […]

El escenario anterior, favorable a los nativos, debió de transformarse paulatinamente en una posición dominante del Señorío a consecuencia de tres eventos. El primero, la unión matrimonial, probablemente a finales de la década de 1460, de Diogo da Silva y María de Ayala, hermana del joven Fernán, lo que suponía una alianza tácita de los Herrera-Peraza con la corona portuguesa; el segundo, el fracaso de la escuadra lusitana enviada en 1478 a impedir la conquista castellana de Gran Canaria; y el tercero, la firma, en 1479, del Tratado de Alcáçovas-Toledo por el que el Reino de Portugal reconoció la soberanía de la Corona de Castilla sobre las Islas Canarias, entre otros derechos.

Estos dos últimos eventos dieron el golpe de gracia a la pretensión de Inés Peraza de restaurar el Señorío de las islas de Canaria con la ayuda de su yerno, Diogo da Silva de Meneses, futuro conde de Portalegre y miembro influyente de la corte portuguesa. Por tanto, solo restaba a los Herrera-Peraza el apuntalar su ya mermada autoridad sobre las islas que aún conservaban: Lanzarote, Fuerteventura, El Hierro y La Gomera, lo que sin duda conllevó la aplicación de políticas mucho más coercitivas sobre sus vasallos isleños.

Los cuatro bandos

Las fuentes etnohistóricas señalan que los antiguos gomeros se organizaban en cuatro bandos, denominados Ipalan, Orone, Agana y Mulagua, entre otras variantes consignadas. Habitualmente se interpreta estos bandos como claras demarcaciones territoriales, tesis que adolece de cierta inercia comparativa procedente, sin duda, de las explícitas divisiones físicas atestiguadas en otras islas como Gran Canaria, Tenerife y La Palma.

Sin embargo, no es del todo patente que los bandos gomeros correspondiesen a espacios de geografía política, aunque algunas fuentes así lo afirman. En primer lugar, porque es difícil encontrar una concordancia satisfactoria entre dichos nombres con los presentes topónimos de la Isla, ya que únicamente las actuales poblaciones de Veguipala y Hermigua parecen guardar respectivas similitudes con los bandos de Ipalan y Mulagua –este último figura como Amilgua o Armigua en ciertas fuentes–. Y en segundo, porque una lectura cotejada de los relatos etnohistóricos no permite aseverar que estos bandos fuesen otra cosa que cuatro linajes tribales, aunque esto no impide que la presencia de cada uno de ellos fuese más destacada en ciertas zonas de población.

“Ferrando el capitán de Mulagua”, uno de los cuatro bandos gomeros, figura en la carta ejecutoria de la sentencia de liberación de los gomeros apresados por Fernán Peraza en 1477 (fuente: Archivo General de Simancas, RGS, LEG, 147802, 119).

Preludio a la rebelión

La desafección de los gomeros hacia los señores castellanos fue el germen de un número indeterminado de conflictos entre ambas partes cuya constancia documental en la actualidad resulta escasa. Citemos los más conocidos.

En 1477, Fernán Peraza el Joven, bajo el pretexto de organizar la captura de un carracón, hizo desembarcar en La Gomera a las tripulaciones de unas carabelas procedentes de Palos de la Frontera y Moguer que se dedicaron impunemente a apresar a más de un centenar de gomeros de ambos sexos, entre los que se encontraba Ferrando, el capitán de Mulagua, siendo algunos vendidos en los mercados esclavistas de ambas poblaciones y de Jerez de la Frontera, y sufriendo el resto la deportación hacia otras yslas.

La acción fue denunciada por Don Juan de Frías, obispo de Rubicón, quien alegó que los detenidos eran fieles cristianos que cumplían con sus obligaciones como tales y, por tanto, no podían legítimamente ser condenados a la esclavitud.

El caso planteaba un grave problema de orden social si no se atajaba a tiempo: la segunda Partida castellana estipulaba que solo eran susceptibles de esclavitud aquellos que caen en poder de homes de otra creençia.

Para no sentar un precedente de consecuencias indudablemente nefastas, los Reyes Católicos ordenaron a sus juristas investigar el caso, y estos, dando la razón al prelado y condenando a los seis responsables de las carabelas a pagar las costas del proceso, mandaron la búsqueda e inmediata puesta en libertad de los cautivos, muchos de los cuales regresaron al Archipiélago a bordo de la armada enviada a conquistar Gran Canaria en 1478.

En mayo de 1478, los monarcas de Castilla ordenaron a los capitanes de dicha armada prestar apoyo a Fernán Peraza para sofocar una sedición en La Gomera, posiblemente motivada por los sucesos del año anterior, pero esta vez Peraza había denunciado que, además de negarle obediencia y rentas, los disidentes daban cobijo a agentes portugueses. Peraza solo eximía de estos cargos a los miembros del bando de Oroneque syenpre fueron leales.

Como dijimos, los Herrera-Peraza habían emparentado con un importante cortesano de Portugal. Por tanto, parece razonable adivinar un triple juego en la actitud del joven señor: liquidar la oposición gomera a su persona, debilitar las fuerzas enviadas a la conquista realenga de Gran Canaria para facilitar así la intervención portuguesa en el área, y aliviar las lógicas sospechas de colaboracionismo que pesarían sobre la casa señorial, acrecentadas por la guerra de sucesión al trono castellano librada entre los Reyes Católicos y Afonso V de Portugal.

Finalmente, por el testimonio de Beatriz de Bobadillasabemos que, a principios de la década de 1480, Fernán Peraza celebró un pacto con los bandos gomeros, actuando de mediador un tal deán de San Juan e otras personas, por el que los isleños se comprometían a abandonar sus prácticas paganas y ser buenos cristianos o, de no hacerlo así, podrían ser conquistados e dados en cabtiverio e perpetua servidumbre. Acuerdo que, según Bobadilla, los gomeros nunca cumplieron.

De hecho, en agosto de 1484, los Reyes Católicos envían una carta conminatoria a los vecinos de La Gomera ordenándoles acatar el señorío de Fernán Peraza, pues, al igual que en 1478, este se había quejado a la Corona de que sus vasallos se negaban a obedecerle.

Relatos de un magnicidio

Cuatro años después de este último suceso tuvo lugar el evento que nos ocupa. ¿Qué nos dicen las fuentes etnohistóricas al respecto?

Según la Crónica Ovetense:

Destos dos postreros bandos y linajes [Ipalan y Mulagua] auía vna hermosa gomera que llamaban Yballa, era su apellido [sic. por nombrete, apodo], de la qual se aficionó el señor de la ysla Hernán Peraça [quien] no se pudo abstener ni yrse tanto a la mano que no fuese sentido de aquellos a quien por sangre tocaba aquella buena señora, los quales hisieron el caso de onra y se tenían por afrentados entre los demás bandos de que a sabiendas de todos la vuiese auido y la tenía por amiga, y así dieron entre ellos trasa de bengarse y de rrestaurar su onrra que perdían o afrenta rresibida, y para ello acordaron de matarle. Finalmente ellos le esperaron y aguardaron una noche que enttrase y que estubiese con ella, y a el salir le estaban esperando y le mataron[…]

En términos similares se expresa la Crónica Matritense, aunque generalizando los amores de Peraza a unas gomeras:

[…] fue sentido de aquéllos a quien tocaba y ordenaron de lo matar, y traen sobre él espías hasta que le quitaron la uida.

Francisco López de Ulloa:

Finalmente ellos le esperaron y aguardaron una noche que entrasse y questubiesse con ella. Y al salir le estauan esperando y le mataron y alancearon, […]

Pedro Gómez Escudero:

[…] como los otros vandos les di[j]essen a estos que eran concentidores de Yballa, se dispusieron a emprender el caso siguiente: que aguardaron que su señor estubiese dentro de la tal casa i a el salir se arrojaron a él dándole de puñaladas.

Pero los relatos sin duda más conocidos y descriptivos del suceso los proporcionaron fray Juan de Abreu Galindo y Tomás Arias Marín de Cubas, si bien difieren entre sí en cuanto a algunos de los datos que ofrecen.

Abreu Galindo inicia su versión de los hechos con una revuelta sucedida en 1488, días antes del asesinato, que obligó a Fernán Peraza a refugiarse en su fortaleza gomera y que fue duramente reprimida por Pedro de Vera, gobernador de Gran Canaria. Tras sofocar esta rebelión, Peraza recrudeció el trato hacia sus vasallos.

Aunque advertido de las consecuencias de su actitud por Pablo Hupalapu o Chapulapu, anciano reverenciado por los demás indígenas, Peraza no solo no se dejó convencer sino que endureció el rigor de su gobierno, y fue entonces cuando tres líderes gomeros se reunieron en una peña cercana a la población de Taguluche para deliberar la solución al problema que, según Abreu Galindo, pasaba por secuestrar a Peraza o, según Marín de Cubas, acabar con su vida. Este autor relata además cómo uno de los conjurados fue muerto por sus compañeros al manifestar dudas sobre la conveniencia de la acción que se disponían a ejecutar.

Advertimos aquí de la errónea creencia que sitúa el lugar de la conspiración en unos cantiles que emergen frente a la playa de Valle Gran Rey, pues en realidad esta idea tiene su origen en un relato histórico publicado en 1900 por el escritor lanzaroteño Benito Pérez Armas, titulado La Baja del Secreto. En cuanto a la peña de Taguluche, Marín de Cubas la adentra en el mar mientras que Abreu Galindo no se pronuncia sobre su localización. Por tanto, no es descartable situarla en uno de los roques interiores próximos a este pago.

Tomada la decisión, los conjurados y sus secuaces esperaron u organizaron que se diese la ocasión adecuada para llevar a cabo sus planes, y nada más propicio que utilizar a la amante del señor. Aunque advertido por sus sirvientes del peligro que suponía citarse con Iballa, Peraza partió hacia el lugar de sus encuentros, una casa cueva situada en el lugar de Guadajume, donde el señor tenía sembrados, a unos veinte kilómetros de San Sebastián, que la tradición identifica con la actual Cueva de Chinea. Abreu Galindo data la fecha del encuentro en el mes de noviembre de 1488, mientras que el historiador Pedro Agustín del Castillo facilita un día concreto: el 20 de noviembre, aunque del año 1489. Desconocemos la calidad y procedencia de de estas informaciones pero, de cualquier modo, a la vista de la documentación pública existente sobre el caso, tenemos que rechazar el año 1489, por lo que, si combinamos el criterio de ambos autores y confiamos en el mismo, habría que datar el suceso el 20 de noviembre de 1488.

Acompañado de, al menos, un criado, Fernán Peraza descabalgó en las cercanías de la cueva, indicando a su servidor que le esperase, apartado con el caballo. Una vez reunido con Iballa, una anciana, pariente de la joven, avisó a los conjurados de la presencia del señor en la cueva mediante el ancestral lenguaje del silbo, y estos, encabezados por otro pariente de la joven, el pastor Pedro Hautacuperche o Jauta Cuperche, procedieron a rodear la cueva.

Tanto Abreu Galindo como Marín de Cubas señalan que Iballa convenció a Peraza para disfrazarse de mujer y así tratar de eludir a sus captores. Pero Abreu Galindo, con su acostumbrado estilo idealizador y caballeresco, hace que Peraza, negándose a rehuir el combate y la deshonra de morir vistiendo ropajes femeninos, regrese a la cueva y le dé tiempo a despojarse del disfraz, ceñir coraza y espada, embrazar la adarga y plantar cara a sus enemigos a la entrada del refugio, solo para caer inmediatamente atravesado desde el cuello al costado por el regatón de Hautacuperche, arrojado desde lo alto del refugio.

En cambio, Marín de Cubas muestra autenticidad, no exenta de patetismo, en la escena que describe: mientras Fernán Peraza corre, vestido con unas sayetas, hacia el caballo que espera junto al criado, este escucha el grito de advertencia de Iballa, conminando a huir para salvar la vida. Y el sirviente, aunque observa que a su amo le persigue un grupo de hombres, aprovecha la montura y escapa al galope, mientras Hautacuperche alcanza al consternado Peraza por la espalda, dándole muerte en el acto.

Mapa topográfico parcial de La Gomera donde pueden apreciarse los topónimos El Plan de Asisel a la izquierda, Veguipala en el extremo inferior y Guadajume a la derecha (fuente: IDE Canarias / Gobierno de Canarias)

Una joya filológica: «Ajeliles, juxaques aventamares»

Por si fuera poco, Marín de Cubas nos sorprende en su relato con una de las escasas frases en lengua indígena que se conservan en Canarias: precisamente, el apóstrofe, el grito que Iballa pronunció y que, casi con total certeza, iba dirigido al criado de Peraza, quizás un gomero del bando de Orone, pues es improbable que el castellano comprendiese el idioma nativo.

La frase en cuestión es «ajeliles, juxaques aventamares», que Marín de Cubas traduce por «huie, que estos ban por ti». En el borrador de su obra, finalizado el año 1687, Marín de Cubas la había escrito en la forma «ajeliles juja que es aventamares».

Como es de esperar, este apóstrofe ha suscitado un vivo interés entre los filólogos que investigan las antiguas hablas canarias. La primera obra clásica a este respecto es la monografía del profesor Georges Marcy, titulada El apóstrofe dirigido por Iballa en lengua guanche a Hernán Peraza, publicada en la revista El Museo Canario en 1934, pero también resultan de interés los análisis de los profesores Dominik Josef Wölfel, Juan Álvarez Delgado y el Dr. Ignacio Reyes García.

¿Un pacto de colactación?

Como dijimos al principio del artículo, consumada la muerte de Fernán Peraza, sus matadores propagaron una consigna por toda la isla que fue recogida tanto por Abreu Galindo como por Marín de Cubas. Veamos estos testimonios, comenzando por el del franciscano:

Los gomeros que mataron a Peraza, subidos a los cerros, decían en su lengua ya el gánigo de Guahedun se quebró, y gánigo es como cazuela grande de barro en que comen muchos juntos, por que todos iban a hacer reverencia y acatamiento a Hernán Peraza, decían iban a beber leche en él como gánigo.

Y el del médico y profesor, muy similar, lo que indica que comparten referencias:

[…] decían los gomeros por refrán ya se quebró el gánigo de Guachedun onde todos iban a beber leche; y era porque iban a darle la bien venida cuando venía a el cortijo.

Sucede a veces que una hipótesis historiográfica cobra tanta popularidad que acaba interpretándose como hecho constatado, sin mediar demostración fehaciente alguna. Es el caso de la tesis que infiere de la anterior consigna la celebración previa de un pacto de colactación entre los jefes gomeros y Fernán Peraza, es decir, un acuerdo que las partes sancionan bebiendo leche, por lo general, de un mismo recipiente; en este caso, un gánigo o vasija de barro de factura indígena.

Esta hipótesis fue planteada y defendida por el profesor Juan Álvarez Delgado (Güímar, Tenerife, 1900 – Santa Cruz de Tenerife, 1987) en uno de sus extensos artículos, titulado El episodio de Iballabasándose en la existencia de pactos de similar naturaleza entre algunas tribus bereberes continentales y en un presumible error de interpretación, por parte de Abreu Galindo y Marín de Cubas, del verdadero significado de la consigna, premisas que el propio experto asumió como garantes de su teoría:

Entre los distintos tipos de pacto interesan de una manera especial para nuestro problema actual los pactos de alianza con rito de leche practicados en diversos puntos del mundo bereber norteafricano. […]

Por hablarse en el refrán gomero de «un gánigo» y decir los cronistas que «iban a beber leche», estimo que la fórmula o rito practicado con Hernán Peraza fué este último[…]

Con estos datos se comprenderá bien la interpretación que doy a los textos de nuestros cronistas, aunque naturalmente estos historiadores no entendieron bien ni la importancia o alcance del hecho de que informan, ni el simbolismo del rito encerrado en la frase que transmiten, […]

Como hemos visto, está documentada la celebración de pactos entre los gomeros y Fernán Peraza, pero poco sabemos de las circunstancias exactas en que se produjeron ni, mucho menos, de los protocolos que se observaron en su rúbrica. Con todo, debemos admitir que resulta difícil imaginar al hijo de Inés Peraza acomodándose a rituales indígenas de origen pagano, interesado, como estaba, en lograr que sus vasallos abrazasen definitivamente vida y costumbres cristianas.

No menos extraño, sarcástico si cabe, resulta que la cancelación unilateral del supuesto pacto, simbolizada por el quebranto físico o imaginario del gánigo, se lleve a efecto después de que una de las partes firmantes haya hecho desaparecer a la otra. Lógico sería romper o dar por roto el contrato con anterioridad al acto punitivo, pero no a la inversa.

Política e incesto

A excepción de Abreu Galindo, para quien el asesinato de Fernán Peraza reviste exclusivamente motivaciones políticas, el resto de las fuentes testimoniales aduce causas de honra como impelentes del caso, fundamentadas en la relación erótica del castellano con Iballa. Con todo, el profesor Álvarez Delgado secundó la tesis del presunto fraile argumentando que se comprende mal una afrenta de esta índole en el contexto cultural tratado, pues Gomes Eanes de Zurara atestigua que los antiguos gomeros toleraban la hospitalidad de lecho entre sus costumbres, aseveración que avalan las palabras de Beatriz de Bobadilla al declarar que los hombres tenían ocho o diez mugeres, naturalmente, con todas las reservas que el interés particular de la testigo obliga a adoptar.

Sin embargo, en 1986, veintisiete años posterior al escrito de Álvarez Delgado, el profesor Francisco Pérez Saavedra suma una nueva hipótesis a los planteamientos del filólogo en forma de un artículo, significativamente titulado El episodio de Iballa y sus motivaciones, que justificaba la causa de honra aducida por la mayoría de las fuentes etnohistóricas:

El pacto de Guahedún, entendido por Peraza y los castellanos como un acto de sumisión señorial, para los indígenas era una alianza de colactación que convertía al citado Peraza y a los aborígenes que bebieron con él la leche del mismo gánigo en «hemanos de leche», parientes del mismo clan. Y ello traía aparejado, en virtud de la regla general de la exogamia que rigen las organizaciones dualistas y del tabú del incesto[…] que cualquier relación con mujeres del propio grupo social en que se ingresaba o al que se pertenecía estaban prohibidas, constituían un acto abominable, cuyas nefastas consecuencias afectaban colectivamente a todos.

Para respaldar su teoría, Pérez Saavedra recurre a un apunte etnográfico que Álvarez Delgado califica de falso, y es que los bandos gomeros, según la relación de Pedro Gómez Escudero, se aunaban de dos en dos. Pérez Saavedra interpreta este dato como sintomático de una organización dualista, en la que las relaciones de relevancia interpersonal –matrimonios, consejos, fiestas, etc.– se restringen a los miembros de cada par de clanes. Por tanto, si Fernán Peraza había pactado una alianza en la que participaba el clan al que pertenecía Iballa, su relación con la gomera debió de interpretarse como incestuosa, y ello le hacía merecedor de la pena capital.

Conclusión

Aunque es innegable el atractivo que suscita la hipótesis del pacto de colactación, no resulta trivial demostrar su presunta traslación desde el ámbito cultural de los bereberes continentales hasta Canarias, siempre y cuando la procedencia de los antiguos isleños, y en particular la de los gomeros, coincidiese con las localizaciones en las que se ha constatado la práctica de estos ritos, tanto en su dimensión espacial como temporal.

En cualquier caso, tampoco es descartable que, al contrario de lo que opinaba el profesor Álvarez Delgado, la interpretación que dieron Abreu Galindo y Marín de Cubas del misterioso refrán gomero sea próxima a la verdad de los hechos.

Al fin y al cabo, puede que, tal y como dieron a entender estos historiadores, el Gánigo de Guadajume no fuese más que la personificación circunstancial de Fernán Peraza en un objeto que sus vasallos gomeros utilizaban para ofrecerle refresco y agasajo al recibirle, como adelanto de los frutos que estaban obligados a entregar cada vez que les reclamaba las rentas de su feudo. Una personificación mesiánica que, posiblemente, el mismo Peraza procuraba alentar: él era el cáliz, el gánigo al, y del que todos iban a beber, y que un mediodía de 1488 decidieron romper para siempre.

(Ahehiles, compuesta por Rogelio Botanz y Pedro Guerra para el álbum Identidad –1988-, de la banda canaria Taller).

Continuará…

Antonio M. López Alonso

Referencias

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