Esenciales (IX): Fernán Guerra, el hombre que sabía demasiado

Solar de las antiguas casas señoriales en Teguise, Lanzarote. Las calles de la llamada Gran Aldea fueron testigo de los enfrentamientos entre los vecinos y los secuaces de Inés Peraza y Diego García de Herrera (fuente: PROYECTO TARHA).

[…] el Rey […] le había mandado, entre otras hablas, que viniese otro día, de madrugada, al cuarto de la campana gorda, por el postigo de Jerez, a hablar con Sus Altezas, y que nadie le viese ni fuese otra persona con él; […] y que cuando volvió […] dijo cómo Su Alteza le había preguntado por la conquista de esta isla, delante de un secretario suyo; y que él se lo había dado todo por escrito, y qué población y lugares había en la isla, y el tamaño de la isla; y […] qué gente había de pelea, y qué gente sería menester venir de Castilla, para conquistarla y ponerla debajo de la obediencia de Sus Altezas esta isla, y qué navíos serían menester, y que asimismo todo se lo dio por escrito; y que […] Su Alteza le había preguntado si conocía maestres de navíos y que le llevase algunos […][1]RUMEU (1990, pp. 677-678). Adaptado del castellano antiguo por PROYECTO TARHA.

Aclaremos que este título un tanto hollywoodiense no es el del esencial que hoy queremos presentarles, pero la historia contenida en este, digna de guión cinematográfico, justifica la licencia.

En 1990, el profesor Antonio Rumeu de Armas (Santa Cruz de Tenerife, 1912 – Madrid, 2006) publicaba uno de sus siempre interesantísimos trabajos bajo el extenso título de Fernán Guerra, adalid mayor de la conquista de Gran Canaria y promotor de la fundación de Las Palmas. Lo que el profesor nos mostraba esta vez era la transcripción y el estudio de un documento público inédito, de enorme valor historiográfico, y que venía a demostrar, una vez más, que aquello que las crónicas e historias omiten, ocultan o tergiversan suele brotar a la luz en forma de testimonios sorprendentes, a menudo impelidos por necesidades de lo más mundanas.

De entre las diferentes clases de documento público, son de gran utilidad historiográfica, por un lado, las informaciones de nobleza o hidalguía y, por otro, las informaciones de méritos. Las primeras registran declaraciones que pretenden demostrar la ascendencia nobiliaria o hidalga de la persona interesada con el fin, por lo general, de eludir el pago de ciertos tributos reservados a los plebeyos, mientras que las segundas tratan de probar ante las autoridades reales los servicios prestados a la Corona por cierto individuo con el objetivo de obtener algún tipo de remuneración o indemnización, no liquidada en su momento. Veamos la opinión del profesor Rumeu de Armas al respecto:

Las Informaciones de méritos […] tiene[n] el extraordinario valor del testimonio directo de los actores, que sirven para completar las crónicas, cuando éstas silencian acontecimientos importantes o han sido interpoladas o añadidas por la mano de un recopilador erudito ajeno al desarrollo de los hechos históricos.

[…]

Las Informaciones de méritos nunca dejan plenamente satisfecho al lector, pues pensamos cuánto sabían los actores de los episodios que narran en contraste con la escasa información expresada en las palabras. Al someterse además a un riguroso interrogatorio de preguntas, las respuestas adolecen de monotonía y reiteración. Más peligrosa es la postura amistosa de los testigos, siempre proclives al ditirambo y al halago. Esta última circunstancia exige del crítico la máxima ponderación.[2]RUMEU (1990, pp. 631-632.

Desafortunadamente, en relación con Canarias, tan solo se conservan una información de hidalguía y tres informaciones de méritos, a saber:

  1. La información de hidalguía de Luisa de Betancor e hijos, hecha en Gáldar (Gran Canaria), en 1528.
  2. La información de méritos de Fernando Guanarteme, realizada también en Gáldar, en 1526, a instancias de su hija, Margarita Fernández Guanarteme.
  3. La información de méritos de Pedro de Vera, incoada en Jerez de la Frontera (Andalucía) en 1537, a petición de su nieto, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, famoso autor de un interesante relato sobre su estancia entre varias tribus norteamericanas, obra conocida como Naufragios.
  4. La información de méritos que nos ocupa en esta ocasión, hecha en el Real de Las Palmas en 1502, a petición de Catalina Guerra, hija de Fernán Guerra.

¿Quién fue Fernán Guerra?

Lo primero que debemos constatar es que el nombre de Fernán Guerra no aparece en ninguna de las crónicas e historias de la conquista de Canarias, a pesar del papel clave que desempeñó en ella.

La cuarta pregunta del interrogatorio contenido en la información de méritos señala taxativamente que la profesión de Fernán Guerra era la de almogávar; es decir, peón experto en internarse en territorio enemigo. Profundo conocedor de la geografía de las Islas, de sus fondeaderos, puertos, caminos y, por supuesto, del idioma y costumbres de los antiguos canarios, experiencia que compartiría con su convecino, el joven lengua o faraute –intérprete– Juan Mayor, estos saberes hacían de Guerra el guía ideal, tanto para entablar tratos con los líderes indígenas como para la práctica de la captura y mercadeo de mano de obra esclava.

El de Guerra, por tanto, era un oficio de alto riesgo personal compensado por los beneficios económicos que le reportaba, máxime si tenemos en cuenta las condiciones de extrema pobreza en las que sobrevivían los lanzaroteños. Así, tres de los ocho testigos de la información de méritos, conquistadores viejos en su mayoría, señalan la participación de Guerra en diversos combates y que este conocía perfectamente la isla de Gran Canaria porque había sido cautivo de los indígenas.[3]Testigos Lope de Salazar, Ibone de Armas y Alonso Cornado.

Enemigo del Señorío

El registro más antiguo que poseemos sobre este personaje es el de su propia declaración en Sevilla, el 29 de marzo de 1477, como testigo del concejo de Lanzarote en la Pesquisa de Cabitos y contrario al gobierno señorial de Doña Inés Peraza y Diego García de Herrera. De estos datos, sabemos que Guerra era vecino, desde hacía más de treinta años, de la capital del Señorío de las islas de Canaria aunque nacido fuera de ella, posiblemente en la propia Sevilla. También fue testigo de la ocupación portuguesa de la Isla, en 1448, y participó junto a los demás vecinos en la expulsión del gobernador luso, Antão Gonçalves. Estos vecinos trataron luego de obstaculizar la toma de posesión de Inés Peraza como nueva titular del Señorío, como partidarios del cambio a la jurisdicción realenga.[4]AZNAR (1990, pp. 207-213).

La solicitud del Concejo de Lanzarote a la Corona rogando la modificación del régimen jurídico de la Isla acabó en tragedia: tras un altercado en la Gran Aldea –actual Teguise–, en diciembre de 1476, Inés Peraza mandó requisar los documentos de la escribanía de Lanzarote, ahorcar a seis hombres y encarcelar a más de una docena. Guerra, que se encontraba en Fuerteventura, fue capturado por Inés Peraza quien ordenó torturarle, llevarlo de vuelta a Lanzarote y entregarlo a su marido, Diego de Herrera, para ser juzgado, no sin antes insinuar a sus hombres que lo arrojasen a las aguas de La Bocaina.[5]RUMEU (1990, p. 671) Pero aprovechando un despiste de sus guardianes, unos amigos de Guerra consiguieron rescatarlo y éste zarpó hacia Sevilla, llevando consigo parte del tesoro señorial, robado bajo el pretexto de que incluía los tributos debidos a la Corona por los Señores.

Recreación moderna de una carabela portuguesa (fuente: Wikipedia).

De corsarios y espías

La travesía hacia Sevilla no estuvo exenta de peligros: una carabela portuguesa abordó el navío en el que viajaba Fernán Guerra, haciendo prisioneros a todos sus ocupantes y arrebatándoles los tributos que llevaban consigo. Poco después, unos corsarios vizcaínos capturaron a su vez la carabela, liberando a los cautivos isleños aunque estos no pudieron recuperar los caudales que pretendían entregar a la Corona y que, suponemos, los marinos vascos les habrían exigido a cambio de su libertad.

Tras declarar en Sevilla ante el juez Cabitos, Fernán Guerra esperó en vano que los Reyes Católicos despojaran a los Herrera-Peraza del gobierno de Lanzarote, ya que los monarcas habían decidido respetar el derecho de los Señores a las islas que estos ya tenían bajo su control y trocarles las islas no conquistadas por una indemnización consistente en cinco millones de maravedís.

Con todo, obrando astutamente, Fernando V el Católico optó por hacerle al almogávar una oferta que, con total certeza, no podría rechazar. Durante una breve reunión, el rey consorte de Castilla ordenó a Guerra que acudiese a su presencia de madrugada, al sonar cierto cuarto de la campana gorda de la iglesia de Santa María la Mayor, en solitario y sin que nadie le viese, por el postigo de Jerez. Durante tres noches tuvieron lugar estas reuniones secretas en las que Guerra, haciendo gala de sus conocimientos como almogávar, describió al monarca, con todo lujo de detalles, la manera en que la Corona podría apoderarse de Gran Canaria: sus caminos, sus puertos, sus poblaciones principales, el número de hombres de pelea que harían frente a la invasión, así como los efectivos que serían necesarios para acabar con la resistencia indígena.[6]RUMEU (1990, pp. 677-678).

Fernán Guerra no tuvo más alternativa que colaborar, y el Rey era consciente de esta situación ventajosa para sus intereses: el almogávar no podía regresar a Lanzarote sin sufrir la ira de Inés Peraza. Peor aún, de no actuar con celeridad, su esposa e hijos acabarían siendo víctimas propiciatorias de las previsibles represalias que los Herrera-Peraza emprenderían. Por tanto, era imperativo ayudar activamente, tanto a preparar la armada conquistadora como a someter la isla de los canariotes. De conseguirse este último objetivo, Guerra, su familia y los demás disidentes podrían establecerse en una nueva colonia, mucho más rica y fértil que la árida capital del Señorío y apartada del dominio de Inés Peraza. A tenor del panorama, no es de extrañar que Fernán Guerra aceptara sin titubeos el importante cargo que le fue otorgado por la Corona, reservado al guía más experimentado: adalid mayor de la conquista de Gran Canaria.

Vista noroeste del tómbolo de Las Isletas (hoy La Isleta), en Gran Canaria. El consejo de Fernán Guerra fue capital para la decisión del conquistador Juan Rejón de desembarcar en la bahía homónima (fuente: PROYECTO TARHA).

Venganza

Las noticias de que la sedición de Fernán Guerra había llegado a un punto sin retorno llegaron con prontitud a Inés Peraza. Esta, enfurecida por la traición de su vasallo y por el inapelable desmantelamiento del Señorío, ordenó la inmediata captura de la familia de Fernán Guerra con intención de deportarla a Cabo Verde, el derribo de sus casas y la confiscación de todos sus bienes, que fueron repartidos entre los servidores de la Señora.

María May, la esposa gomera de Guerra, junto a sus tres hijos, se ocultaron en los montes de Famara, en condiciones de absoluta precariedad, a la espera de un milagro que se manifestó en la recalada de la flota conquistadora en Lanzarote, a mediados de junio de 1478, de la que se separó un navío cuyos tripulantes procedieron al rescate de los refugiados.

A partir de entonces, siempre según los testimonios recogidos en la información de méritos, Fernán Guerra estuvo presente en la práctica totalidad de las operaciones bélicas emprendidas durante la Guerra de Canaria. Y fue precisamente por consejo de éste que Juan Rejón, capitán de la armada conquistadora, decidió desembarcar en la bahía de Las Isletas y no en la rada de Gando, como había previsto inicialmente, dando origen así a la actual ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Las motivaciones de este cambio de planes así como el escenario político en el que se insertan han sido objeto de estudio en nuestro ensayo, Los pactos indígenas de Gran Canaria y Tenerife.

Un final esperado

Era previsible que el azaroso modo de vida de nuestro personaje no podía sino llevarle a un violento epílogo: concluída la conquista de Gran Canaria, Fernán Guerra encontró la muerte durante una visita en son de paz hecha a uno de los menceyes guanches, amigo personal del almogávar, quien ordenó su ejecución inmediata. La causa aducida fue que la Señora había informado al líder indígena de que la verdadera intención de Guerra era preparar el camino para la invasión de Tenerife, al igual que había hecho en el caso de Gran Canaria.[7]RUMEU (1990, p. 666).

Cierto o no el pretexto, no cabe duda de que el largo brazo de Doña Inés Peraza había logrado alcanzar por fin a su enemigo.

Antonio M. López Alonso

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