Mareta: el esquivo origen de una voz importada

El Parque de la Mareta en 2016. Esta zona de juegos infantiles fue construida sobre el emplazamiento de la antigua Gran Mareta de Teguise, Lanzarote (fuente: PROYECTO TARHA).

El español que hablamos en las Islas Canarias debe su excepcional riqueza no solo a las aportaciones de los distintos idiomas que lo configuran –fundamentalmente castellano, portugués, francés, italiano y, diferenciadoramente, tamazight insular– sino también a la acción preservadora que el aislamiento geográfico ha otorgado al Archipiélago durante siglos, desgraciadamente puesta en peligro en tiempos relativamente recientes por un fenómeno que, en personal opinión, tendemos a interpretar como el resultado de un afán de reconocimiento y modernidad mal entendidos.

Precisamente dicha conservación ha permitido la supervivencia de numerosos arcaísmos desaparecidos, sea total o parcialmente, de sus idiomas originales y, como muestra, hoy queremos ofrecerles un modesto y breve estudio de un vocablo muy ligado al ámbito de la agricultura y la sociedad isleñas. Nos referimos a la palabra mareta.

¿Qué es una mareta?

En Canarias, una mareta es, en esencia, una balsa artificial destinada a recoger el agua de lluvia. Como sucede con muchos de nuestros vocablos, esta acepción no aparece recogida en la entrada que el Diccionario de la RAE ofrece sobre el término, pero sí consta, como no podía ser menos, en el Diccionario Básico de Canarismos de la Academia Canaria de la Lengua, en el que se ofrecen siete acepciones. De estas nos interesa particularmente la primera, correspondiente a las islas de Lanzarote y Fuerteventura, por ser la más antigua: hondonada grande hecha en el terreno para recoger el agua de lluvia.

Efectivamente, en estas dos islas prácticamente desprovistas de fuentes naturales de agua, existieron maretas en su antigua forma constructiva, siendo la más famosa la Gran Mareta de Teguise. No entraremos en los detalles físicos y operativos de estas obras de ingeniería, sobradamente descritos por el cronista oficial de dicha villa, Francisco Hernández Delgado, en su ensayo La Gran Mareta de Teguiseya que lo que nos interesa en esta ocasión es dilucidar la etimología de dicha palabra.

La mareta de Teguise entre los años 1890-1895 (fuente: Archivo de fotografía histórica de Canarias – Fedac – Cabildo de Gran Canaria)

Las primeras noticias conocidas sobre el vocablo mareta aparecen durante el siglo XVI y nos las ofrecen autores como fray Juan de Abreu Galindo, Leonardo Torriani, Francisco López de Ulloa y Andrés Bernáldez, entre otros, además de constar en documentos públicos coetáneos de estos historiadores. En todo caso, estos nombres circunscriben el uso de la palabra que nos ocupa al ámbito geográfico de la isla de Lanzarote, aunque Bernáldez lo hace extensivo a El Hierro. Por otra parte, no cabe duda de que la popularidad y especificidad del término acabó por hacerlo exportable a las demás islas, aunque bajo distintas acepciones que coinciden en el valor semántico de embalsamiento de agua, como lo demuestra no solo el patrimonio material sino también la toponimia.

¿Galicismo o simple diminutivo?

Existen al menos dos corrientes de opinión acerca de la etimología de la voz mareta:

  1. La que defiende que se trata de un diminutivo de la palabra castellana mar.
  2. La que postula que podría tratarse de un galicismo introducido en el Archipiélago por los conquistadores normandos a principios del siglo XV.

La primera opción pensamos que es suficientemente autoexplicativa, siendo la etimología propuesta por los profesores Cristóbal CorralesDolores Corbella en su Diccionario Histórico del Español de Canarias (DHECan), en tanto que la segunda nos parece que requiere un análisis algo más detenido pero en modo alguno extenso ni rigurosamente formal, dados nuestros prácticamente nulos conocimientos en materia filológica, no pretendiéndose más que ayudar a arrojar un poco de luz sobre este asunto.

Sabemos fehacientemente que Maciot de Béthencourt, sobrino del conquistador normando Jehan IV de Béthencourt y teniente-gobernador de Lanzarote, dispuso en 1447 que el importe recaudado de las multas impuestas en la Isla fuesen destinadas a la reparación de las dos mares de Famagui [sic]. No resulta dificultoso identificar dichas mares con maretas, a pesar de que el topónimo Famagui nos resulta absolutamente desconocido, aunque quizás podríamos relacionarlo con la población de Güime, donde consta, según documento público del año 1575, la presencia de dos de estas obras hidráulicas.

A priori, parece razonable considerar la expresión las mares exclusivamente como un castellanismo, ya que el sustantivo mar admite por igual determinantes masculinos y femeninos, y así, por ejemplo, el rey Enrique IV de Castilla habla en 1468 de las mis mares de España en una cédula de revocación estudiada por el profesor Antonio Rumeu de Armas. Sin embargo, ciertos indicios hacen plausible que estemos realmente ante un galicismo, a saber:

  1. Maciot de Béthencourt era francés; muy probablemente normando.
  2. Las primeras maretas se construyeron en las islas carentes de fuentes naturales de agua: Lanzarote, Fuerteventura y, si creemos a Bernáldez, El Hierro. Y precisamente estas tres fueron las islas conquistadas por las expediciones betancurianas.
  3. La expresión francesa la mare (pl. les mares) hace referencia a una pequeña extensión de agua, estancada en una hondonada, natural o artificial, de escasa profundidad –a partir de esta definición podríamos inferir en español las voces charcacharco como parte del mismo campo semántico, o también a un lago, según antiguos textos anglonormandosPor otro lado, nada impide una castellanización parcial del plural en francés, que derivaría en las mares.

No son necesarios profundos conocimientos de la lengua francesa para deducir que un diminutivo posible de la voz mare sería marette, que entronca directamente con la palabra mareta. Sin embargo, encontrar pruebas históricas del uso de este diminutivo en nuestro contexto no es trivial.

Para empezar, la voz mare en sus acepciones hídricas es un arcaísmo rara vez utilizado en el francés moderno, que en su lugar emplea los vocablos étang, flaque lac para hacer referencia a un estanque, un charco y un lago, respectivamente; pero es que además, en cualquier caso, el diminutivo moderno sería petit mare. Con todo, una simple búsqueda en Internet nos descubre la presencia de la voz marette formando parte, además de la toponimia, del nombre de algunos establecimientos hoteleros en territorio francés, como apellido, e incluso como denominación popular de cierto tipo de conectores eléctricos cuya marca comercial es, en realidad, Marrette. Añadamos que el silencio de la mayoría de los diccionarios consultados hace inviable vincular, si no de manera inequívoca, al menos con solidez suficiente, esta voz con nuestro canarismo.

Afortunadamente, el profesor Marcial Morera Pérez, en su Diccionario Histórico-Etimológico del Habla Canaria, recoge la existencia de la palabra marette en el francés antiguo, siguiendo a autores como el profesor Frédéric-Eugène Godefroy, quien atestigua que la acepción de la misma como equivalente a petite mare es propia del Pays de Bray, una pequeña región de Francia que, muy significativamente, se encuentra tan solo a unos cincuenta kilómetros de Grainville-la-Teinturière, feudo natal del primer señor de las islas de Canaria, Jehan IV de Béthencourt.

Vecinos de Teguise posando junto a la mareta, entre 1920-1925 (fuente: Archivo de fotografía histórica de Canarias – Fedac – Cabildo de Gran Canaria)

Una prueba literaria

Después de algunas pesquisas, hemos encontrado en la literatura clásica una elocuente demostración de la existencia de la palabra marette que además nos permite concluir que:

  1. se trata, efectivamente, de un diminutivo de mare.
  2. hace referencia a una pequeña extensión de agua embalsada.
  3. ha desaparecido del francés común, al menos desde el siglo XIX.

Encontramos esta hermosa prueba en la novela Ange PitouÁngel Pitou, en sus ediciones en lengua española–, escrita por el gran Alexandre Dumas y publicada en 1850. En el tercer capítulo de esta obra, ambientada en la Revolución francesa de 1789, hallamos el siguiente y esclarecedor diálogo entre el protagonista, aficionado a cazar pájaros, y su tía, quien le pregunta por el significado de una palabra que ella misma, a pesar de su avanzada edad, confiesa desconocer:

–Qu’est-ce que cela, la marette ?

Pitou regarda sa tante d’un air étonné : il no pouvait pas comprendre qu’il existât au monde une éducation assez négligée pour ne pas savoir ce que c’était que la marette.

–La marette ? dit-il. Parbleu ! c’est la marette.

–Oui; mais moi, monsieur le dróle, je ne sais pas ce que c’est que la marette.

Comme Pitou était plein de miséricorde pour toutes les ignorances :

La marette, dit-il, c’est une petite mare : il y en a comme cela une trentaine dans la forêt ; on met des gluaux tout autour, et quand les oiseaux viennent pour boire, comme ils ne connaissent pas cela, les imbéciles ! ils se prennent.

Ensayemos una traducción libre de este fragmento:

–¿Qué es eso de la mareta?

Pitou miró a su tía con aires de asombro: no podía entender que existiese en el mundo una educación tan negligente como para no saber lo que era la mareta.

–¿La mareta, dice? ¡Pardiez! Es… la mareta.

–Sí; pero yo, don gracioso, no sé lo que es la mareta.

Como Pitou estaba lleno de misericordia para todos los ignorantes:

La mareta es una charca pequeña: hay como una treintena en el bosque; se ponen ramitas con liga alrededor, y cuando las aves vienen a beber, como no saben nada, ¡las muy tontas!, quedan atrapadas.

Aunque ya en el segundo capítulo el propio Dumas se encarga de explicarle al lector el significado del término mediante nota al pie, lo que demuestra que la palabra sonaba extraña incluso a los lectores francófonos del siglo XIX.

No les será difícil a nuestros visitantes deducir el motivo por el que hemos preferido aportar una traducción libre del texto en lugar de utilizar cualquiera de las ediciones en español ya existentes, y es que la adaptación de la palabra marette en las mismas no es, como cabe esperar, mareta sino bebedero, balsa o similares; distorsiones que explican en parte que este valioso fragmento haya pasado desapercibido para los lexicólogos. De hecho, hasta la propia nota al pie en la que Alexandre Dumas ilustra a sus lectores sobre el significado de una palabra tan nuestra –aún siendo adoptada–, ha sido omitida en las versiones hispanas de este clásico.

Antonio M. López Alonso

 

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