Tanausu, el héroe de Benahoare

“Tanausú, Tierra y Nobleza” (2016), retrato idealizado que adorna la fachada de la Casa de la Cultura Braulio Martín Hernández en El Paso (La Palma), obra del muralista lanzaroteño Matías Mata, alias Sabotaje al Montaje (fuente: PROYECTO TARHA).

A La Palma, nuestra Benahoare, en estos tiempos tan necesitada de fuerza y coraje.

En la memoria histórica tradicional de Canarias, a los individuos de las sociedades insulares precoloniales que se enfrentaron a la conquista europea en las condiciones de inferioridad tecnológica y numérica inherentes a su modo de vida, hábitat, recursos materiales y demografía, y que en ocasiones optaron por el sacrificio de sus vidas frente a la claudicación, se les otorga el papel de auténticos héroes del pueblo, con independencia de que el sujeto referido gozara o no de un estatus social privilegiado.

Reconocer que este fenómeno no es exclusivo de la sociedad canaria moderna no resta importancia a que su singularidad radica en el hecho de que estas personas pertenecieron a unas estructuras sociales y a unas bases culturales que fueron diezmadas por el aparato bélico y los procesos de aculturación y desculturación impelidos durante y, principalmente, tras la conquista, de manera que de las mismas apenas sobrevivieron vestigios transcurridas pocas décadas tras la sumisión efectiva de cada isla, y casi exclusivamente circunscritos al medio rural; en consecuencia, resulta llamativo que a más de cinco siglos de finalizada la conquista del archipiélago una parte notable de la cultura popular canaria se articule en torno a la reivindicación, identificación y hasta el tejido de vínculos materiales e inmateriales con los ancestros precoloniales y su cultura. Este culto a los antiguos héroes canarios se canaliza principalmente a través de las vías tradicionales de la expresión popular –la oralidad, los romanceros, el cancionero folclórico…–, pero no menos destacable es su público reconocimiento en la forma de esculturas y monumentos que salpican diversas poblaciones insulares, así como en sus callejeros.

Sorprendentemente, uno de los pocos isleños famosos de este periodo que aún carece de monumento o escultura oficial en su memoria, a pesar del gran arraigo de que disfruta en el imaginario colectivo, es Tanausu, Atanausu o Tanausú, jefe o capitán del bando de Aceró, una de las doce o trece divisiones político-territoriales de la isla de BenahoareLa Palma, en denominación de sus primeros pobladores– al tiempo de la conquista castellana, según el historiador fray Juan de Abreu Galindo –fl. c. 1590-1632–, además de ser el último y único líder palmero que opuso resistencia significativa a la campaña de ocupación de la isla, emprendida durante el bienio 1492-1493 por el capitán castellano Alonso Fernández de Lugo.

El pìco Behenauco (hoy Bejenado), refugio de Tanausu durante el conflicto con su tío Atogmatoma, presidiendo la vertiente sur de la caldera de Taburiente, con la isla de El Hierro en el horizonte. A la izquierda de la cima del pico, se observa en la distancia el reciente volcán Tajogaite, coronado por gases de evaporación (fuente: PROYECTO TARHA).

Benahoare dividida

Petroglifos benahoaritas en el Parque Arqueológico de Belmaco, municipio de Villa de Mazo (La Palma), en los dominios del antiguo bando de Tigalate (fuente: PROYECTO TARHA).

Cuenta Abreu Galindo, el autor más informado sobre las costumbres e historia de los antiguos palmeros, en su Historia de la conquista de las siete Yslas de Gran Canaria[1]ABREU GALINDO (1848), libro III, capítulo V, que los jefes benahoaritas, que guardaban parentesco entre sí, como cabe esperar de una sociedad constreñida por límites geográficos inapelables, solían hacerse guerra unos a otros, si bien no por causa de sus respectivos señoríos, sino por rencillas personales, y este fue el caso de Atogmatoma, capitán del bando de Tijarafe –el más extenso y poblado de la isla–, y Tanausu, su sobrino.

Cierto día, por enemistad de origen desconocido, Atogmatoma trató de atacar los dominios territoriales de Aceró, el interior de la caldera de Taburiente, con 200 guerreros, entrando por el término de Adirane –hoy Los Llanos de Aridane–, pero Tanausu, que estaba sobre aviso, repelió el ataque a la entrada del cráter, que, por su orografía, resulta de fácil defensa. En vista de este primer fracaso, Atogmatoma convocó la ayuda de los bandos de Tagalgen –hoy municipio de Garafía– y Tagaragre –Barlovento–, y reanudó el asalto a Aceró, consiguiendo que su sobrino se replegase hacia otro punto fuerte de la Caldera. Pero Tanausu, viendo que cada día le llegaban nuevos refuerzos a su tío, decidió pedir ayuda desde el pico Behenauco –hoy Bejenado– a sus primos Chenauca y Tamanca, del bando de Guehebey; Aganeye, de Adirane; Asuquahe, de Ahenguareme, y Juguiro y Garehagua, del bando de Tigalate.

Mientras los guerreros de Atogmatoma se preparaban para subir a por Tanausu, a este le llegó una avanzadilla de Chenauca avisándole de que el grueso de la ayuda estaba en camino, por lo que decidió bajar del Behenauco, por la vertiente exterior de la Caldera, al llano de Adirane para encontrarse con sus aliados. Pero Atogmatoma, conociendo la intención de su sobrino, mandó cortarle el paso a los primeros refuerzos, encabezados por Aganeye, poniéndolos en fuga y capturando al padre de este. En vista del contratiempo, Aganeye y su hermano Asuquahe contraatacaron con coraje, matando o hiriendo a muchos de sus oponentes, y consiguiendo rescatar al padre, aunque a costa de que Aganeye resultase muy malherido durante la refriega.

Al día siguiente se enfrentaron en choque decisivo los guerreros de Atogmatoma y los confederados de Tanausu, saliendo derrotado el primero, que tuvo que huir de vuelta a sus dominios perseguido por Chenauca, que le perdonó la vida gracias a la intercesión de una hija del vencido. Atogmatoma, para evitar represalias por parte de los confederados y mantener la paz, decidió casar a su hija Tinabuna con Aganeye.

Una conquista «por objetivos»

Probable retrato verdadero del capitán Alonso Fernández de Lugo, como adelantado de las Islas de Canaria, en el documento de mayorazgo por él instituido en 1512 en favor de su hijo Pedro Fernández de Lugo (fuente: Archivo Histórico Provincial de Santa Cruz de Tenerife, Sección Histórica de Protocolos Notariales, nº 1.510, f. 1r).

Las fuentes narrativas coinciden en que, con la guerra de Canaria en su punto de inflexión, el proyecto de conquistar La Palma a fin de acrecentar los dominios de la corona castellana ya había entrado en los planes de Juan Rejón, el depuesto primer capitán de aquella campaña, pero la declarada enemistad de este hacia la familia Herrera-Peraza –por entonces poseedora de cuatro islas–, y su particular encono hacia Fernán Peraza el Joven, señor de La Gomera, acabaron por costarle la vida durante la escala que hizo en esta isla al frente de la expedición que presuntamente iba destinada a iniciar la ocupación de Benahoare. Hubo de transcurrir casi una década desde el fin de la campaña de Gran Canaria para que otro veterano curtido en ella, el capitán Alonso Fernández de Lugo, hiciese de la Isla Bonita el próximo objetivo de sus ambiciones políticas y crematísticas.

El primer obstáculo al que se enfrentaría Alonso de Lugo era el escaso interés de los Reyes Católicos en conquistar las islas aún insumisas –La Palma y Tenerife– frente a la premura con la que habían orquestado la ocupación de Gran Canaria en 1478, pues el objetivo perseguido en esa ocasión había sido el de establecer una base de operaciones bien dotada de recursos naturales desde la que poner freno a la expansión del reino de Portugal por el Atlántico africano, en particular por el golfo de Guinea y la llamada Mina de Oro, estrategia cuya materialización no podían garantizar desde las islas bajo el señorío de doña Inés Peraza, quien apenas disimulaba su simpatía por los lusitanos, tal y como atestiguó elocuentemente el cronista real Alfonso de Palencia:

[Inés Peraza] hacía mucho tiempo que se había opuesto [a la conquista realenga de Gran Canaria], asegurando que le pertenecía a ella la propiedad de esta isla, de la cual desposeída, no consentiría que se adueñara de ella más que la poderosa mano de un rey; y que preferiría que los portugueses la ocupasen en el futuro, […][2]LÓPEZ DE TORO (1970), libro XXXII, cap. III

Por el Tratado de Alcáçovas-Toledo, firmado en 1479 al finalizar la guerra de sucesión al trono castellano librada por ambos reinos tras la muerte del rey Enrique IV, Portugal renunció a sus aspiraciones de soberanía sobre Canarias en favor de Castilla. En consecuencia, por el tiempo que Alonso de Lugo presentaba su proyecto a los monarcas, ocupar las dos islas que aún se mantenían libres del dominio castellano había dejado de ser asunto de interés prioritario frente a otros de mayor urgencia, como liquidar el emirato nazarí de Granada –por entonces, reducido a mero reino títere de Castilla– o financiar el primer proyecto exploratorio del genovés Cristóbal Colón.

Por ello, en el caso de la conquista de La Palma, los Reyes Católicos decidieron que fuese el propio Lugo quien corriese en solitario con los gastos, pero ofreciéndole un incentivo de 700.000 maravedís si lograba rematar la ocupación en el plazo de un año, a contar desde el 1 de octubre de 1492.[3]MIRANDA CALDERÍN (2016), pp. 5-6, 10-11 Para facilitarle las cosas, la corona eximió a su capitán de tributar el llamado “quinto real”; es decir, la quinta parte del precio de las ventas que hiciera de los esclavos que capturase en La Palma. Así Lugo podría tratar de amortizar a corto plazo los préstamos de sus financiadores inmediatos: el mercader florentino Giannotto Berardi –también fiador de Cristóbal Colón– y el genovés Francesco de Rivarolo.

¿Conquista o toma de posesión? El papel de Francisca de Gasmira

Cuevas y casa-cueva en la zona antaño conocida como Cuevas de Herrera, dominios del bando benahoarita de Gasmira, en el extremo inferior del paso de Adamancasis (fuente: PROYECTO TARHA).

Alonso Fernández de Lugo desembarca en Tazacorte, puerto natural bajo control del bando de Adirane, el 29 de septiembre de 1492, donde asentó su campamento o real. Acto seguido, marchando hacia el sur, bajo promesas de protección y respeto a sus posesiones, consigue rápidamente la sumisión de todos los bandos occidentales sin que ninguno le oponga resistencia, pues según Abreu Galindo todos ellos ya habían negociado paces con los colonos de la isla de El Hierro para no seguir sufriendo sus incursiones esclavistas.

Sin embargo, la documentación pública demuestra que Alonso de Lugo llegó a La Palma con el trabajo casi hecho, pues cuatro meses antes del desembarco una mujer perteneciente al bando de Gasmira –una decimotercera parcialidad no citada por Abreu Galindo, de cuya demarcación eran parte las Cuevas de Herrera– se había entrevistado con algunos capitanes de bando palmeros, consiguiendo que algunos se sumaran a la causa castellana y ayudaran a Lugo en su campaña. Y a la vista de estos hechos, juzgaban los profesores Dominik Josef Wölfel y Antonio Rumeu de Armas que la de Lugo no fue tanto una expedición de conquista como de ocupación de territorios ya partidarios de los castellanos.[4]WÖLFEL (1930), pp. 1028-1029; RUMEU DE ARMAS (1969), p. 84.

En efecto, Francisca de La Palma, también conocida como Francisca de Gasmira, palmera residente en Gran Canaria como ama del regidor Diego de Zurita, había sido enviada a su isla natal a bordo de una carabela por orden del gobernador Francisco de Maldonado para entrevistarse con ciertos líderes palmeros a petición de estos. Así lo narra el testigo Pedro de Valdés en abril de 1506:[5]adaptado del castellano antiguo por PROYECTO TARHA

[…] cuando estaba el real sobre Granada, antes que viniese por capitán de La Palma el adelantado, siendo gobernador de la isla de la Gran Canaria Francisco Maldonado y provisor de la dicha isla el bachiller Pedro de Valdés, tío de este testigo, […] que el dicho gobernador y provisor acordaron de enviar a Francisca, palmesa, que era ama de Diego de Zurita, regidor de la Gran Canaria, a la isla de la Palma en una carabela de Martín Cota para que hablase a los caudillos y principales de los bandos de la dicha isla porque ellos habían enviado a decir que querían ser cristianos y darse al señorío de sus Altezas, y el dicho gobernador y provisor lo hablaron con los señores del cabildo de la [catedral] y todos de un acuerdo enviaron a la dicha Francisca en la dicha carabela y pagaron seis mil maravedís de flete de la mesa capitular y obispal y la dicha Francisca fue a la dicha isla y trajo consigo a la Gran Canaria cuatro o cinco de los caudillos y más principales de la dicha isla y los tornaron cristianos y los bautizaron en la dicha Iglesia y los vistieron y que el dicho provisor, tío de este testigo, vistió a uno de ellos y que cree este testigo que uno de aquellos caudillos murió en la Gran Canaria y después de cristianos los volvió la dicha Francisca en la misma carabela que los trajo a la dicha isla de La Palma, para que [hicieran] que aquellos de sus bandos se tornasen cristianos. […] y después de esto [de entonces] a cuatro meses, poco más o menos, vino provisto el dicho adelantado por gobernador y capitán de la dicha isla de La Palma y entonces tomó la isla de La Palma.[6]SERRA et al. (1953), pp. 93-94.

Pero además, en febrero de 1495, los Reyes Católicos ya se habían hecho eco de lo que la propia Francisca, a interés particular, había declarado a la corona sobre estos mismos sucesos, solo que la emisaria había sido más comedida en cuanto al éxito de su misión:[7]adaptado del castellano antiguo por PROYECTO TARHA

[…] Francisca de La Palma, canaria, vecina de la dicha isla de La Palma, [dijo] que ella, por mandado de Francisco Maldonado nuestro pesquisidor de la dicha isla de Gran Canaria, y de los otros regidores de ella, fue a la dicha isla de La Palma y contrató con los canarios de ella, hasta tanto que asentó con dos bandos de la dicha isla que fuesen de paces y estuviesen a nuestro servicio y mandado; y que al tiempo que Alonso de Lugo, por nuestro mandado, fue a conquistar la dicha isla, los dichos canarios de los dichos dos bandos se juntaron con él, y lo ayudaron a hacer la dicha conquista, […] y que así, acabada de conquistar la dicha isla, luego los canarios de uno de los dichos dos bandos se tornaron cristianos, […] y aún muchos de los dichos canarios del otro bando asimismo se tornaron cristianos; […][8]RUMEU DE ARMAS (1969), pp. 310-311

Con estos antecedentes, Lugo solo encuentra resistencia en el bando de Tigalate, al que derrota con relativa facilidad, matando algunos de sus integrantes, cautivando a muchos y huyendo otros a refugiarse en las laderas de los montes, plantando cara a quienes trataban de ir a por ellos. Vencidos los de Tigalate, Lugo ya no halló más oposición a su campaña de ocupación que la del bando de Aceró y la de su líder, Tanausu, en el mismo corazón de la isla: la caldera de Taburiente.

A traición

Descenso del paso de Adamancasis por los pinares del barranco Tenisca, una de las dos vías mayores de acceso (junto al barranco de Las Angustias) al hoy Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, ruta que siguieron Tanausu y los suyos camino a su fatal encuentro con Alonso Fernández de Lugo (fuente: PROYECTO TARHA).

Sometido el resto de los bandos palmeros, Alonso Fernández de Lugo trató de atacar al bando de Aceró entrando en Taburiente por el paso de Adamancasis –La Cumbrecita–, y aunque logró que Tanausu retrocediera, este se situó en un punto más alto, imposible de tomar para los castellanos.

Lugo intentó un nuevo ataque, esta vez desde el paso de Ajerjo, de más difícil acceso para él y sus hombres, hasta el punto de que el propio conquistador tuvo que ser llevado a hombros de sus aliados palmeros durante un trecho. Este paso, previsiblemente menos vigilado por los de Aceró, llevó a los castellanos cerca del refugio de Tanausu y los suyos, quienes volvieron a repeler la agresión, si bien a costa de grandes padecimientos para los ancianos, niños y mujeres, que sufrieron el rigor del frío de las cumbres, por lo que el escondite recibió el nombre de Ayssuragan, “el lugar donde se helaron”.

Vista la indoblegable resistencia, Alonso de Lugo envió a su adalid, un pariente de Tanausu cristianizado como Juan de La Palma, a parlamentar con el jefe del bando y los suyos, prometiéndoles tratarlos bien y dejarlos en sus tierras si se entregaban a los castellanos, recibían el bautismo y reconocían la autoridad de los Reyes Católicos. Tanausu respondió al adalid que se reuniría al día siguiente –3 de mayo de 1493– con Lugo en Adirane, junto a la Fuente del Pino.

Cuenta Abreu Galindo que Lugo le preguntó a su adalid si podía fiarse de Tanausu, y como el guía le respondió muy tranquilizadoramente, decidió no confiar en ninguno de los dos y mandó tenderle una emboscada al jefe de Aceró en el paso de Adamancasis por si intentaba huir de vuelta a su refugio. Ugranfir, pariente que acompañaba a Tanausu y los suyos en su descenso a la cita, recomendó a este que se lo pensara, pues la formación enemiga no parecía “traer muestras de paz”, a lo que Tanausu respondió que seguiría adelante, pues Lugo le había dado palabra de parlamentar bajo seguro. Pero el castellano, nada más ver llegar a los de Aceró, dio la señal de ataque a sus huestes, que, tras un combate reñido, derrotaron a los palmeros y capturaron a Tanausu, echándole este en cara a Lugo el haber faltado a su promesa.

Otra versión, que comparten los historiadores barrocos Tomás Marín de Cubas y Pedro Agustín del Castillo y Ruiz de Vergara, relata que los guerreros de Tanausu, al ver el número y armamento de los castellanos y sus aliados, decidieron no continuar su descenso hacia la Fuente del Pino, permaneciendo a la expectativa de lo que hicieran sus adversarios, y que Lugo, viéndolos detenerse, salió a por ellos en son de guerra. Posteriormente, con Tanausu ya en poder de Lugo, ambos capitanes se echaron mutuamente en cara la responsabilidad por lo sucedido y el haber faltado a sus respectivas promesas. En cualquier caso, no siendo posible hoy por hoy certificar la veracidad de estos relatos, pero dado el comportamiento que Lugo exhibiría en múltiples hechos posteriores, parece razonable suponer que el conquistador nunca tuvo intención alguna de negociar con su adversario, ni mucho menos perder la oportunidad de prenderlo: probablemente ya tenía decidido de antemano actuar como lo hizo, independientemente de lo que hubiera hecho Tanausu.

¡Vacaguare! : un final de leyenda

Roques de La Cumbrecita, en la cabecera del paso de Adamancasis (fuente: PROYECTO TARHA).

Las fuentes narrativas que se ocupan de la muerte de Tanausu –Abreu Galindo, Marín de Cubas y Castillo y Ruiz de Vergara– coinciden en que el líder del bando de Aceró se dejó morir de hambre al verse cautivo de guerra de Lugo, quien quiso enviarlo a Castilla, aunque no precisan con claridad si su muerte aconteció durante la travesía de deportación, como parece más probable, o en tierra, fuese en origen o destino. En cualquier caso, es imaginable que las condiciones físicas del guerrero no debían de ser las mejores tras las penurias sufridas durante el asedio castellano, y ello podría explicar la insinuación de relativa rapidez en la llegada del final que impregna los relatos:

[…] entre los presos cautivos que mandó [Lugo], fue uno el capitán Tanausu, el cual viéndose cautivo y ser enviado a España, con el coraje enfermó y se dejó morir sin comer cosa ninguna, cosa muy común y ordinaria en los palmeros dejarse morir.[9]ABREU GALINDO (1848), libro III, cap. VIII, p. 189.

[…] y queriendo enviar a España a sus altezas a el prisionero Tanausu, con otros palmeses fue tanta la melancolía que le dio que no quiso comer por ninguna de las maneras y muy presto se murió.[10]MARÍN DE CUBAS (2021), libro II, cap. XIII, p. 309.

[…] queriendo [Lugo] dar aviso a sus altezas, y enviarle a Tanauzu con otros palmeros fue tanta la melancolía que les dio, que sin haber remedio de querer comer se dejó morir Tanauzu, y otros dos […][11]MARÍN DE CUBAS (1986), libro II, cap. XV, p. 238.

Este inopinado acometimiento fue tan sensible a Tanausu y de tal tristeza que fueron sus días muy cortos de vida no levantando los ojos ni comiendo en lo que la tuvo hasta morir.[12]CASTILLO Y RUIZ DE VERGARA (1848), libro II, cap. XXVII, p. 161.

La dramática decisión de Tanausu, cuyo memoria seguramente debió de enraizarse en la primera tradición post-conquista, acabó por calar además en la cultura popular moderna, dejando su impronta más conocida en la arraigada creencia de que el guerrero había declarado su intención de renunciar a su propia vida exclamando ¡Vacaguaré!, expresión que venía a significar “me quiero morir”. Sin embargo, en las antiguas fuentes escritas conocidas no existe ningún testimonio que avale la realidad de esta afirmación. De hecho, la expresión vacaguare que recoge en primicia Abreu Galindo precisa que cuando un palmero se sentía enfermo expresaba de esta manera a sus parientes su deseo de morir, y entonces estos lo encerraban en una cueva para dar cumplimiento a su última voluntad, dejándole únicamente una cama de pieles y un gánigo lleno de leche:

Era en enfermedad esta gente muy triste, en estando enfermo decían a sus parientes vacaguare, «me quiero morir». Luego le llenaban un vaso de leche y lo metían en una cueva donde querían morir, y le hacían una cama de pellejos donde se echaba, y le ponían a la cabecera el gánigo de la leche, y cerraban la entrada de la cueva, donde lo dejaban morir.[13]ABREU GALINDO (1848), libro III, cap. IV, p. 176.

El romance de Tanausú y Acerina

Para resolver el origen de esta creencia debemos remontarnos a un libro de viajes publicado en 1862 por el catedrático palmero Benigno Carballo Wangüemert (Los Llanos, 1826 – Madrid, 1864): Las Afortunadas – Viaje descriptivo a las Islas Canarias.

En el capítulo XII,[14]CARBALLO, capítulo XII, pp. 251-253 don Benigno narra cómo durante una excursión con guías a la caldera de Taburiente que organizó para agasajar a un visitante, el grupo se encuentra con dos jóvenes pastores a los que convidan a almorzar, y ellos en agradecimiento les cantan un romance. En él, Tenacen, último «rey guanche de la Caldera», y Mayantigot, «rey de Adirame» –nótense la forma y acentuación de estos antropónimos–, se disputan el amor de una mujer palmera llamada Acerina –nombre que el profesor Juan Álvarez Delgado sospechaba tal vez imaginado a posteriori sobre el del bando de Aceró–,[15]DÍAZ ALAYÓN et al. (2014), p. 16. disputa que tratan de resolver en continuas competiciones sin que ninguno acabe prevaleciendo sobre el otro. Al final es la propia Acerina la que pide a los dos pretendientes que dejen de luchar, y que será ella quien elija en la meseta de Taburiente quien de los dos se llevará su amor, debiendo el perdedor conformarse con la inapelable decisión. Acerina acaba eligiendo a Tenacen mediante el gesto de poner su mano sobre el hombro de este, y Mayantigot aceptando la derrota, se retira a llorar su pérdida en soledad.

Poco después, otro palmero, el periodista, profesor y filántropo Antonio Rodríguez López (Santa Cruz de La Palma, 1836-1901) adaptó y desarrolló libremente este romance popular en una novelita de ficción histórica que publicó al año siguiente (1863) por entregas en el periódico El Time bajo el título Vacaguaré! (Quiero morir!) Leyenda palmera, siendo probablemente él quien primero puso acento agudo tanto a esta luctuosa expresión como al nombre del guerrero benahoarita, formas que acabarían popularizándose rápidamente, incluso permeando trabajos historiográficos próximos cronológicamente a la publicación.

De izquierda a derecha: los profesores Benigno Carballo Wangüemert y Antonio Rodríguez López, y el periodista y político Secundino Delgado Rodríguez, introdujeron la figura de Tanausu en la cultura popular canaria moderna (fuentes: Memoria Digital de Canarias / Anuario de Estudios Atlánticos / Círculo de Bellas Artes de Tenerife : José Pérez Vidal / Víctor J. Hernández Correa / Manuel Hernández González).

La obra sigue la línea del movimiento indigenista canario puesto en boga por eruditos como el tinerfeño Manuel de Ossuna y Saviñón (San Cristóbal de La Laguna, 1809-1846), con su obra Los guanches o La destrucción de las monarquías de Tenerife (1837), o el grancanario Agustín Millares Torres (Las Palmas, 1826-1896) con su novela Benartemi, leyenda canaria (1858), tiempo después retitulada El último de los canarios (1875), tendencia que encontrará reflejo en el ámbito político, pues apenas iniciado el siglo XX el periodista y político tinerfeño Secundino Delgado Rodríguez (Santa Cruz de Tenerife, 1867-1912), uno de los padres del nacionalismo canario, adoptará el título de la novela de Rodríguez López, así como el nombre de este como pseudónimo, para publicar en 1904 su autobiografía ¡Vacaguaré…! (Vía-Crucis), expresión que también adornaba la cabecera del efímero periódico autonomista fundado por él en 1902.

Por tanto, la idea de vincular la expresión vacaguare a la voluntaria muerte de Tanausu partió probablemente de la imaginación del propio Rodríguez López, quien une ambas líneas expositivas de Abreu Galindo en un solo fragmento del capítulo VII de su relato, y en una licencia literaria cuya popular prevalencia ha tenido el innegable mérito de devolver a la vida en nuestro tiempo –paradójicamente, contrariando no solo el testimonio historiográfico, sino también la propia voluntad del guerrero–, el ánima del último héroe de Benahoare:

Tanausú fue hecho prisionero, y pronunciando la terrible frase: ¡Vacaguaré!, selló su labio y bajó sus ojos.

Esperemos que algún día no lejano una estatua de Tanausu y una placa explicativa de los hechos que acabamos de rememorar presida –esto proponemos– el concurrido mirador de Adamancasis –La Cumbrecita–  para que canarios y foráneos podamos admirar mucho más que los innegables valores naturales y paisajísticos del lugar.

Antonio M. López Alonso

Vista parcial de la Caldera de Taburiente, dominio del bando de Aceró, desde el mirador de La Cumbrecita, el antiguo paso de Adamancasis, un concurrido sitio de interés turístico que proponemos como lugar para erigir un monumento dedicado a la memoria de Tanausu (fuente: PROYECTO TARHA).

Bibliografía

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